¿JUSTICIA O MISERICORDIA?

Por: Jorge Aldemar Ariztízabal, Pbro.

            Ante tantas desigualdades y atropellos de la dignidad humana, ¿hablar de misericordia no equivaldría a una validación de la injusticia que está a la base de todas estas situaciones? ¿No sería más pertinente y correcto exigir justicia? ¿Ésta no tendría la fuerza de restablecer el desequilibrio introducido? ¿En un mundo injusto tiene espacio la misericordia? ¿Justicia y misericordia se excluyen o se armonizan? ¿Qué mensaje nos da la Sagrada Escritura? En primer lugar, allí vemos a Dios que por amor se abaja hasta donde se encuentra la criatura humana sumida en el pecado, pero con una finalidad muy clara: liberarla y reconducirla a su corazón tierno y bondadoso; entonces, supera la injusticia, el mal y el pecado. Ahora bien, esto lo realiza mediante un desbordamiento cada vez mayor de su amor; y sólo así, instaura nuevamente un orden justo que se había roto por el pecado.

Dios nos saca del mal y del pecado superando lo exigido por la justicia que pediría la condena del pecador; y es así como hace brotar del corazón del redimido una respuesta que supera lo mínimo exigido por la justicia imitando al Dios misericordioso que lo liberó de su perdición. Entonces justicia y misericordia quedan unidas; la segunda rebasa la primera, pero sólo así la restablece y protege. Esto es lo que vemos en el pueblo de Israel; al caer en la infidelidad y encontrarse en la miseria, experimentó el rostro de un Dios lento a la cólera y rico en piedad (cf. Ex 34,6); podemos recordar episodios como el becerro de oro (Ex 32,1ss). En cuántas ocasiones el Pueblo elegido, una vez caído y en pecado y sufriendo por sus consecuencias, recurrió a Dios y el Todopoderoso se apiadó de su mal. La opresión en Egipto fue una experiencia particularmente intensa; nos dice el Éxodo que Dios vio el sufrimiento de su pueblo y decide bajar a liberarlos (Ex 3,7s). Y esta acción misericordiosa de Dios es lo que permite que el pueblo nuevamente dé culto a Dios, le sirva y viva la justicia en las relaciones sociales.

            Pese al amor y a la bondad de Dios manifestada una y otra vez, el mal seguía dominando en el mundo, pues Israel apenas se convertía, nuevamente volvía a su idolatría; en la cumbre del amor misericordioso, el mismísimo Dios desciende; es la encarnación. Jesús nos muestra el rostro de un Padre rico en misericordia; no se detiene tanto a describirla conceptualmente como a exponerla mediante actitudes concretas. En los evangelios tenemos dos parábolas verdaderamente impresionantes en donde nos explicó de la manera más perfecta posible la actitud de Dios frente al pecado y al mal del hombre. En primer lugar tenemos la parábola del buen samaritano (Lc 10, 29-37); éste se detiene ante el hombre apaleado y medio muerto, se acerca, venda sus heridas, les hecha aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a una posada, cuida de él, paga dos denarios al hospedero y promete dar más a la vuelta si hiciera falta. Aparece un proceder rico en acciones que expresan un corazón lleno de amor hasta el punto de olvidarse de sí para centrarse en la persona que sufre y siempre orientado a sacar al hombre medio muerto de aquella situación en que lo habían dejado.

            Pero es en la parábola del hijo pródigo donde aparece en toda su profundidad y belleza la imagen de Dios que es amor misericordioso (Lc 15, 11-32). El hijo menor pide la herencia a su Padre y se marcha a lejanas tierras y allí malgasta todo lo recibido viviendo perdidamente. Viéndose en una situación tan triste y lamentable, recapacita y emprende el camino de retorno a la casa paterna. Y enseguida aparece el Padre que no había dejado de esperarlo, lo recibe entre abrazos y besos, no le deja terminar el discurso que tenía preparado, lo viste con el mejor traje, le pone el anillo y las sandalias; luego, manda traer el novillo cebado, matarlo e iniciar la fiesta. Su amor de Padre late presurosamente por la alegría de ver nuevamente a su hijo. No es posible una descripción más sugestiva para darnos a conocer el amor de Dios por nosotros. Seguramente que este hijo de la parábola nunca pensó nuevamente en marcharse. Su experiencia dolorosa lejos de la casa del Padre y el amor sobreabundante experimentado al retornar le hicieron comprender que en casa lo tenía todo y que su bien estaba en vivir como hijo, al lado de su Padre, gozando y disfrutando de su compañía y de su amor.

Aquí nuevamente vemos cómo la misericordia libera del mal, saca del pecado, mediante acciones que superan lo que la justicia pediría que en la segunda parábola sería, en el mejor de los casos, acoger al hijo como siervo. En Dios siempre aparece una superación sobreabundante de lo que pide la justicia y esta actitud recibe el nombre de misericordia hasta el punto que cuando en la Escritura leemos la palabra justicia su significado no equivale a su concepción clásica de dar a cada uno lo suyo sino que ha de entenderse como el amor misericordioso y sobreabundante de Dios; bástenos el texto de Romanos 1,17: “Porque en Él [evangelio, Jesús] se revela la justicia de Dios…”. Puede verse muy claro cómo aquí justicia equivale a misericordia.

Ahora bien, ¿cómo la justicia, al ser superada, no queda destruida? El amor auténtico y puro es la clave que nos permite comprenderlo. En el amor no hay injusticia; por el contrario, la vence y la destruye. El amor suscita en la persona injusta el arrepentimiento y el deseo de cambio y hace posible que inicie un camino de superación hasta llegar no solamente a una vida en justicia, sino al amor que da mucho más de lo que estrictamente se le exige, dándose sobreabundantemente y así vence en otros la injusticia e iniquidad; entonces, así se inaugura una cadena de amor que crea  relaciones no solamente justas, sino también solidarias, fraternas, capaces de convertir la propia existencia en un don para los demás.

Los ejemplos concretos ilustran mejor que las palabras. En la biografía del santo de los jóvenes titulada Don Bosco. Una biografía nueva y escrita por Teresio Bosco se nos narra en la vida juvenil y de estudiante de san Juan Bosco su amistad con Luis Comollo; eran compañeros de clase y se hicieron muy amigos debido  a una situación muy concreta: cuando el profesor tardaba en llegar a la clase, Luis aprovechaba el tiempo leyendo y estudiando, mientras que los demás se dedicaban a jugar, hablar y bromear; cierto día un compañero se le acercó y quiso obligarlo a dejar el estudio y sumarse a sus juegos; como no cedió terminó dándole dos bofetones muy fuertes. Ante lo sucedido a Juan Bosco le hervía la sangre y esperaba que el ofendido se vengase, tanto más que Comollo era mucho más fuerte que el agresor; pero no sucedió así; más aún, el ofendido le respondió: “¿Estás contento? Pues déjame en paz. Te perdono”. Y el autor agrega: “Juan quedó electrizado. Aquello era un acto ‘heróico’. Quiso saber el nombre del muchacho: Luis Comollo. ‘Desde entonces le tuve por amigo íntimo, y puedo decir que de él aprendí a vivir como un buen cristiano” (p. 70-71).

Si Luis hubiera respondido con otros dos golpes se habría iniciado la pelea que podría haber continuado con un odio cada día más creciente y, así, se habrían sumado día a día males cada vez más graves. Bastó que Comollo no hubiera respondido de la misma manera y, de esta manera, detuvo toda la fuerza destructora de la injusticia; esto le implicó una superación de la justicia, es decir, una actitud de misericordia expresada en el perdón, fruto de un corazón humilde y lleno de caridad. Es muy probable que el agresor haya recapacitado y decidiera cambiar de actitudes, viviendo el respeto con los demás. Más aún: con esta reacción, Comollo dejó a don Bosco gravada en su alma la lección que nos dio el mismo Jesús con su ejemplo; este testimonio fue moldeando su carácter que era fuerte y pronto a la lucha usando de la fuerza física. Entonces, aparece claro que el amor misericordioso no destruye la justicia; todo lo contrario, rota por el mal, es la única fuerza capaz de restaurarla en los corazones. Y también aparece claro que el amor misericordioso siempre busca sacar del mal, levantar al caído, restablecer al herido, atraer y recuperar al extraviado.

Jesús es el Amor misericordioso en persona que con su vida aniquiló la injusticia y el mal. Dejemos que su acción salvadora llegue a nosotros y nos transforme para que nos convirtamos en instrumentos suyos para detener y destruir el mal y la injusticia y contribuir al nacimiento de la que Pablo VI llamara la civilización del amor.

 

 

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