ACERCAMIENTO A LA MISERICORDIA DESDE LA SAGRADA ESCRITURA

Por:     Salvador Quintero, Pbro.

            Capillán Nacional de la fuerza Naval colombiana.

Cuando nos referimos a la idea de Misericordia tendemos a identificarla con la ayuda al necesitado, con un sentimiento de lástima y compasión por el otro. Esto es válido, pero no suficiente si queremos vivir el genuino espíritu de esta actitud según aparece en la Sagrada Escritura. En la Revelación descubrimos en profundidad el significado de esta palabra clave, pues nos descubre la esencia de Dios. Si asimilamos este modo divino de actuar y lo encarnamos en nuestra vida, entonces podremos practicarla no como una actitud filantrópica, sino como expresión y reflejo vivo del amor misericordioso de Dios por cada uno en particular.

Para mirar, entender y vivir la misericordia según la Sagrada Escritura es necesario revisar algunos términos que nos van a ayudar a profundizar en esta experiencia grande de Dios que se inclina hacia la criatura pequeña, débil y sumida en el pecado para levantarla, engrandecerla con sus dones y colmarla de su amor. El Antiguo Testamento se sirve de algunos términos para expresar este amor misericordioso. Uno de los más recurrentes e importantes es Jesed (en hebreo) que puede ser traducido en nuestra lengua castellana con palabras como bondad, amor constante (fiel),  gracia, misericordia, etc. Este vocablo se encuentra particularmente en los salmos, aunque también aparece por toda la revelación antes de Jesucristo. Con este término aplicado a Dios los autores sagrados nos están diciendo algo muy hermoso: que Dios es bondadoso, su amor es fiel, gratuito, que se compadece de nuestra miseria y quiere sacarnos de ella.

Ahora bien, si queremos entender mejor el significado de este importantísimo término con el cual se nos abre la clave para comprender la verdadera imagen del Dios revelado, debemos tener en cuenta su contexto. Jesed hace referencia al pacto o alianza entre dos personas. Dios nos ha creado para vivir en comunión con Él. Por el pecado nuestros primeros padres la rompieron. Dios no se  resigna a dejar al hombre en su perdición y ruina. Su amor entrañable lo lleva a buscarlo para restablecer dicha comunión, pues sin ella el mundo está perdido. Es aquí cuando comienza la revelación bíblica, Dios que sale al encuentro de la criatura por pura gracia y establece un pacto, una alianza, fruto sola y exclusivamente de su amor y de su misericordia. Todo esto es lo que los autores sagrados nos quieren expresar y dar a entender con el término Jesed. Es por esto, que los significados que más sobresalen de Jesed son: fuerza, constancia y amor, profundamente relacionados entre sí y que no podemos desligarlos, pues el pacto o alianza quedaría reducido al cumplimiento frío de un deber.

Y nada más falso que esta visión reduccionista aplicada a Dios. Él se compromete por pura iniciativa suya salida de lo más hondo de su corazón lleno de bondad y amor y siempre es fiel a esta actitud aunque el hombre por el pecado le diga una y mil veces no; aquí es donde el Señor manifiesta todo su poder, pues por la fuerza del amor logra vencer los obstáculos y las resistencias más fuertes y decididas del corazón endurecido por el pecado. Entonces, queda claro que Jesed no hace referencia a una obligación sino, y sobre todo, a la generosidad y a la entrega de todo un Dios, grande y omnipotente, hacia la criatura pequeña, limitada, débil y llena de pecado y de miseria. Actuando de esta manera, Dios restablece la comunión y la lleva a una altura que sobrepasa toda capacidad de imaginación, rebasa todo anhelo de felicidad y colma todo deseo de plenitud. Así su plan es llevado adelante: una humanidad unida con Él y entre sí.

En el Antiguo Testamento nos encontramos con términos afines a Jesed: Emet  que traduce “verdad y veracidad” y Emunah que significa “fidelidad”; resaltan uno u otro aspecto del mismo amor misericordioso divino, en el cual no hay falsedad y permanece por siempre; nosotros podemos decirle no a Dios, alejarnos de su corazón, pero Él siempre nos buscará y nos intentará atraer por todos los medios de su creativo amor. En la medida en que nosotros nos dejemos envolver en este amor de Dios, entonces cada vez nos uniremos más a Él y seremos purificados de todo egoísmo, soberbia, orgullo, petulancia, arrogancia…; más aún, el amor poderoso del Señor nos transformará y nuestro corazón asimilará sus mismas características: bondad, fidelidad, verdad, entrega generosa y desinteresada, perdón, olvido de toda ofensa… Y ubicados ya en este punto nuestra vida será una manifestación del Jesed divino, una vivencia permanente del amor misericordioso de Dios para con los demás en el mundo familiar, laboral y social en el cual nos encontremos. Entonces ya no practicaremos la misericordia entendida simplemente como dar una moneda al pobre sino como un derramarse del amor de Dios; nos convertiremos en canales a través de quienes Dios pueda llegar a muchos en este mundo para llenarlos de sus dones y gracias.

Los términos antes indicados son sustantivos. Pero también existen en la Biblia algunos adjetivos afines a Jesed. El más cercano es Jasid  que significa piadoso, fiel, santo y, por tanto, está emparentado directamente con el vocablo griego hagios (que significa santo) y su correspondiente latino sactus. Con estos adjetivos aplicados a Dios y que lo caracterizan, aparece el modo de actuar de Dios y, al mismo tiempo, lo que quiere para nosotros: que seamos fieles, entregados y sinceros, aunque los demás tengan actitudes contrarias: egoísmo, rechazo, rencor, etc.

Hemos visto que uno de los términos más importantes del Antiguo Testamento para describir la hondura y riqueza del amor misericordioso de Dios es Jesed. Expusimos que hay otros vocablos que son muy afines a éste en cuanto a su significado: Emet y Emunah. Añadimos que junto a estos sustantivos hay algunos adjetivos que expresan un sentido parecido, en especial Jasid. Continuando en esta búsqueda, hay otro término muy importante y que se ubica quizás al mismo nivel de Jesed y es Rajamin que lo podemos traducir en nuestra lengua con la palabra víscera o entraña, parte del cuerpo cercana al útero, lugar donde se gesta la vida. Si el primer vocablo, Jesed, nos acentuaba el amor de Dios Padre que permanece fiel aun después del pecado y el rechazo del hombre, éste término nos describe ese mismo amor pero con las características maternas de ternura y exquisitez propia de quien ha llevado en su seno el fruto de sus entrañas y lo ha acompañado en su desarrollo de una manera permanente y continua desde el primer momento de su aparición en este mundo. Este segundo vocablo, central en la revelación bíblica, nos intenta sugerir la profundidad, belleza e intensidad del amor de Dios por nosotros. Somos fruto de su amor entrañable.

Pasando al Nuevo Testamento, al Jesed hebreo corresponde el Eleos griego; en castellano podría traducirse con un compadecerse activo, pues ofrece los recursos necesarios para que la persona necesitada supere su indigencia. Aplicado a Dios lo encontramos en textos Ef 2,4: “Pero Dios rico en misericordia, por el inmenso amor con que nos amó, nos dio vida juntamente con Cristo”. Esta actitud de Dios para con la humanidad es la que también debe caracterizar las relaciones humanas, especialmente entre los discípulos del Señor. Es la enseñanza que nos quiere transmitir en la parábola del Buen samaritano que nos trae Lc 10,25-37. Podríamos dar muchas otras citas donde Jesús nos pide esta actitud. Como ejemplo Mt 12,7: “Si hubieras comprendido qué quiere decir misericordia quiero y no sacrificios”. San pablo, discípulo de Jesús, desea para sus comunidades la “Gracia, Misericordia y Paz”; en este saludo, usual en sus cartas, en segundo lugar aparece el término griego del que venimos hablando. El Apóstol desea para sus comunidades el regalo divino de su misericordia, que es gracia, paz y seguridad.

La misericordia divina aparece en la Sagrada Escritura expresada con distintos vocablos que con sus diferentes matices nos ayudan a tomar conciencia del infinito amor de Dios por nosotros hasta llegar a la locura de la cruz donde nos ha dado lo más precioso: a su Hijo muy amado. En la liturgia esta misericordia divina es celebrada y se convierte en alimento para nuestras almas sedientas de amor y felicidad. Luego debe venir el compromiso en la vida diaria por encarnarla en cada una de nuestras acciones. Así responderemos al Jesed divino y Dios realizará su plan de establecer un pacto, una alianza, una comunión indestructible con cada persona y con toda la humanidad.

 

 

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