La comunión eclesial ha de ser efectiva

 

 

La afirmación: La Iglesia es “casa y escuela de comunión”, no tiene sino un único referente que la explica: Dios. La comunidad ejemplar de la cual dimana toda otra comunidad es la Santísima Trinidad, que es unidad, comunión en plenitud de amor, diversidad, armonía y vida.

La Iglesia, está llamada a ser la imagen perfecta de la Trinidad pues participa de la vida de amor y comunión divina trinitaria. Por lo tanto, la comunión es una nota esencial de la Iglesia; y la eclesiología de comunión, hace parte de su identidad. San Juan Pablo II ha planteado como el gran desafío de la Iglesia: ser “casa y escuela de comunión”, sin lo cual no podrá ser fiel al proyecto de Dios ni podrá cumplir su misión de responder a las necesidades vitales de los hombres y mujeres de este mundo.

Eso quiere decir, que toda vocación cristiana es a la vez vocación a la comunión; que ningún discípulo puede vivir sin comunidad y que todos en la Iglesia debemos vivir una “espiritualidad  comunitaria”.

Se trata de vivir a fondo nuestro bautismo, realizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Vivir según el deseo del Padre: que todos sus hijos vivamos como hermanos. Vivir según el deseo íntimo del corazón de Jesús: que todos seamos uno. Vivir según el dinamismo del Espíritu Santo: que congrega a todos en la unidad. Nuestra comunión nace de la comunión de la Trinidad y vive de ella.

Hablar de espiritualidad no es hablar de normas o programaciones. Es hablar de “un modo de vivir”, en este caso, según Dios Unidad – Amor; es la interiorización de nuestro bautismo, de ser y actuar como hijos de Dios. Recitamos con mucha frecuencia el Padre Nuestro: ¿sabemos lo que implica tener al mismo Dios como Padre de todos?

Implica vivir como hermanos. Un amor fraterno que no excluye a nadie, que nos lanza al otro para reconocerlo como “mi hermano”, que “me pertenece”, dentro de una comunión en el único Cuerpo de Cristo. Sentir la responsabilidad sobre ese hermano, “apersonarme” de ese hermano, al que debo “abrirle espacio” y estar dispuesto a ayudarle a “llevar la carga”.

La comunión es un requisito infaltable para atraer a otros hacia Cristo (“miren como se aman”). La sociedad de hoy tiene necesidad de este testimonio de vida que refleje la gloria del Amor de Dios y transparente la novedad del Evangelio: “hermanos que se quieran a pesar de las diferencias” (de carácter, de procedencia, de raza, de edad, de sexo…); hermanos que “se cuidan unos a otros” y que encuentran creativamente nuevas formas de caridad. Que la gente note la reciprocidad del amor entre los discípulos de Cristo y se sientan contagiados por esta vivencia de relaciones fraternas profundas, y sientan el deseo de vivir en esa “casa de comunión”. Comunión que no es un frio compartir de bienes, sino una calurosa manifestación de amor entre hermanos: acogida, amistad, ayuda generosa, estima recíproca, escucha, gestos de misericordia… Una comunidad eclesial sin un real compartir fraterno es “puro cuento”.

La espiritualidad de comunión es una “forma de vida” que contrarresta el egoísmo que lleva a querer sobresalir, a estar por encima, a competir, a alcanzar primeros puestos; a  escalar posiciones; a tener celos, desconfianzas y envidias. En la Iglesia - comunión no caben las pretensiones individualistas.

La Iglesia, si no es “casa y escuela de comunión”, no puede pensar en un verdadero y eficaz compromiso de evangelización.

La comunión inter-eclesial abre a un amor activo y concreto ante las necesidades de las Iglesias hermanas y lleva a compartir la alegría de creer y los dones recibidos.

La Iglesia diocesana de Sonsón – Rionegro va a cumplir 30 años de haber asumido la responsabilidad de orientar la formación del Seminario Intermisional San Luis Bertrán, obra eclesial en favor de los territorios misionales. Lo sentimos como un signo concreto de comunión eclesial, de compartir “nuestros dones espirituales, humanos y materiales” (Aparecida 379), en este caso con los Vicariatos, Prefecturas y otras diócesis misioneras de Colombia.

Tenemos conciencia agradecida de ser una Iglesia bendecida con abundante número de vocaciones y sacerdotes, un bien que hemos compartido con Iglesias Hermanas en Colombia y fuera de Colombia. Y el devenir de nuestra historia diocesana nos ha llevado a descubrir y vivir el carisma de la formación sacerdotal que lo hemos hecho concreto con el servicio desde el Seminario Nacional Cristo Sacerdote, de la Ceja, y con el equipo de formadores en el Seminario Intermisional.

Damos gracias a Dios porque este servicio ha traído muchas bendiciones a nuestra Diócesis y a las Iglesias misioneras servidas. Lo vivimos como un servicio que nos enriquece en la construcción del Cuerpo eclesial de Cristo, donde se ponen en común y complementariedad los dones con que el Espíritu engalana a todos sus miembros.

Querida comunidad del Seminario Intermisional San Luis Bertrán, hagan de sus miembros formadores, profesores y formandos una verdadera “casa y escuela de comunión” alrededor del Maestro Jesús. ¡Sin comunión no hay misión!

FUENTE: DOXA 1 (2017) pp. 11-15

Fidel León Cadavid Marín

+ Obispo de Sonsón-Rionegro.

 

 

 

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