COMUNIÓN: ESENCIA DE LA VIDA HUMANA Y CRISTIANA

 

En el mundo actual se ha hecho usual la palabra realización aplicada a la vida humana. Con este concepto se quiere expresar existencia feliz, llena, colmada, plena. Todos experimentamos esta aspiración en lo más profundo de nuestro ser; todos coincidimos en este deseo; no encontrarás a nadie que tenga por meta una vida desdichada. Ahora bien, lo decisivo es encontrar el camino, tomar el sendero correcto. Y la pregunta surge inmediatamente: ¿Cuál es? Es entonces cuando las personas se dividen y muchos eligen el camino a que nos inclina nuestra naturaleza herida por el pecado: satisfacer todos nuestros deseos, buscar afanosamente lo que creemos que nos hace felices, disponer de momentos de ocio y diversión, seguir nuestros gustos, conseguir lo que nos proponemos, evitar todo sufrimiento… Y, efectivamente, ¿logramos la felicidad?, ¿nuestro corazón rebosa de alegría cuando todo (personas, situaciones, cosas…) lo organizamos para que gire en torno a nosotros y responda a nuestros gustos?

Algunas personas valientes, que piensan y se rebelan ante un estilo de vida centrado en sí mismo, descubren en su interior una luz esplendorosa: el ser humano ha sido creado para darse, para entregarse, para convertirse en don. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla de la esponsalidad del cuerpo. Nuestra vida en todos sus ámbitos está diseñado para la donación: en el ámbito biológico y psíquico somos complementarios, venimos a este mundo como fruto de la unión del hombre y la mujer; la psicología de los dos sexos es diferente, complementaria. En el ámbito social: ninguno de nosotros se basta a sí mismo, necesitamos de los otros; basta pensar en todas las personas que intervinieron en el vestido que usamos, en los alimentos que consumimos… Todo lo recibimos: la vida, el idioma, las costumbres, etc. No nos bastamos a nosotros mismos.

Podríamos decir que el ADN más profundo del ser humano tiene un código que se podría expresar con la palabra: don; somos una obra maestra de Dios para convertirla en un regalo para el bien de los demás, de la sociedad, del mundo. Si esto es así, el egoísmo, el centrarnos en nosotros mismos, el camino de buscar solamente la satisfacción de nuestros deseos y anhelos, cerrando los ojos a los demás, es la senda más absurda y destructora de nosotros mismos, pues estamos avanzando en una dirección exactamente contraria para la que hemos sido creados. Es como si quisiéramos caminar con las manos, manteniendo los pies arriba; sería algo contrario a nuestra naturaleza y a nadie se le ocurriría. Pues resulta que lo que es obvio a nivel físico, no resulta así en el nivel más profundo de nuestro ser, ya que no pocas veces no avanzamos en la dirección que nos maraca nuestro ser sino en aquella que nos indica el egoísmo y el propio capricho.

Cuando un grupo de personas llevan una vida en comunidad en el significado genuino del término (común unidad), renunciando cada uno a sus proyectos y gustos personales para convertirse en un don para el otro mediante una actitud de humildad y caridad auténticas, entonces surge una verdadera familia en la que reinará la paz, la alegría y el gozo; es verdad que habrán dificultades, tensiones y fricciones, pero como cada uno buscará anteponer el bien de los demás a sus propios deseos, entonces la unidad y hermandad nuevamente se recompondrá mediante el perdón y la reconciliación y se reiniciará el camino unidos de manera más estrecha. Cada uno buscará seguir lo verdadero y lo bueno, y en aras de este ideal, sabrá renunciar a todo aquello que lo separe de esta brújula; y todos quedarán vinculados por los lazos fuertes y suaves de la verdad y el bien que dignifican a cada persona y a todos como comunidad. Todos quedan enriquecidos y cada uno colmado en este flujo y reflujo de amor y donación auténticos.

Jesús no cambió este ADN; todo lo contrario, vino a purificarlo de todos aquellos añadidos que el hombre había agregado como fruto de su soberbia y egoísmo; añadidos que habían enfermado, semidestruido y amenazado de ruina a esta humanidad. Y no solamente vino a purificarlo; vino también a elevar todas las energías más profundas presentes en el ser humano y que desarrollan dinamismos que lo conducen a la entrega y la donación si no son abortados por el mismo hombre a través de un uso equivocado de su libertad. Y los eleva inyectándole, por el bautismo, su mismo Espíritu que es amor, el Amor del Padre y del Hijo que por este sacramento ha sido derramado en nuestros corazones. Esas energías humanas, ese dinamismo humano que Dios puso en nuestro ser al crearnos, ahora recibe la misma vida y dinamismo divino, del mismísimo Dios, recibe su misma Vida que es amor y hace capaz a la criatura racional de amar como Dios nos ha amado en su Hijo: hasta el extremo de la cruz, hasta la donación total de sí, hasta derramar la sangre y morir perdonando a los mismos asesinos.

Dios no destruye nada de lo que Él mismo ha creado; la redención es la infusión de un Amor superior, divino, que purifica, potencia y eleva el amor humano a una altura insospechada; nos pone en la altura de Dios, capaces de amar como Él nos amó, pues tenemos su mismo Amor. Entonces, el cristiano no ha perdido nada de lo que es auténticamente humano; todo lo contrario, todo lo que es humano lo ha recibido purificado, ennoblecido y enriquecido a límites insospechados mediante su adhesión a Cristo.

El Concilio Vaticano II nos dice en su Constitución dogmática Lumen Gentium que Dios creó al género humano para la comunión, para congregarnos en la unidad de su Iglesia que es “en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (n. 1). Nos  “quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con un vida santa” (n. 9). Dios quiere congregar a todos en su familia, la familia de sus hijos donde todos lo tengamos a Él como Padre y a la Iglesia por Madre. Es a través de ella como nos llega el Misterio íntegro del Dios Amor revelado en Cristo. Nos dice san Cipriano que no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre (Sobre la Unidad de la Iglesia n. 6). Hemos de amarla profundamente, pues ella nos engendró para Dios, de ella recibimos todo su amor; ella nos cuida y nos alimenta con la leche del mismo Verbo encarnado (Clemente de Alejandría, Pedagogo, 1,6,42,1). Es verdad que lo hace mediante instrumentos limitados e imperfectos (su jerarquía), pero al final es la misma vida divina la que recibimos. Hemos de amar profundamente a la Iglesia en la persona del Papa cuyo ministerio asegura su unidad visible; debemos orar por él, obedecerle y acatarle.

Pero esta única Iglesia de Cristo se realiza en cada Iglesia particular con el Obispo a la cabeza; él es el vínculo de la unidad en la porción del rebaño que ha recibido. Si cortamos la comunión con su ministerio terminamos por desgajarnos de la vid, por separarnos de la Fuente que sacia nuestra sed, de la Luz que ilumina nuestros senderos. Hemos de amarlo y acatarlo en todas sus indicaciones pastorales. Más aún, como seminaristas y futuros sacerdotes debemos formar, con ayuda de la gracia, un agudo sentido de fe para que siempre nos pongamos al servicio de la unidad renunciado a criterios personales y gustos individuales a fin de que la hermandad y fraternidad reine dentro del presbiterio con su Obispo y bañe a todas las comunidades esparcidas a lo largo y ancho del territorio diocesano; unidad que brota del ministerio episcopal, signo visible de Cristo que irradia con su luz y amor a todos los presbíteros, diáconos y a cada fiel cristiano que peregrina en aquella jurisdicción eclesiástica.

Para servir a esta comunión que se fundamenta en el ser humano creado por Dios a imagen suya, con sus dinamismos más profundos hacia la relación y la donación, purificada y perfeccionada admirablemente por el amor de Dios derramado en nuestros corazones, nos preparamos durante la vida de Seminario. Y esta preparación ha de consistir, ante todo, en un ejercicio continuo de comunión con Dios, fuente de la unidad; solo y en la medida en que cada seminarista cultive una íntima y profunda relación de amistad con Jesús, entonces el bello lema que nos hemos propuesto para este año en nuestro proyecto formativo podrá hacerse realidad: Seminario: casa y escuela de comunión (cfr. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte n. 43). En esta casa de formación debemos aprenderla y vivirla; y decíamos que solamente será posible si cada uno cultiva un profundo corazón orante, pues la unidad no consiste en seguir el parecer de alguien, sino a Jesús que es la Verdad y el Bien, el único que nos puede colmar individual y comunitariamente.

En segundo lugar, para hacer del Seminario una casa y una escuela de comunión, es indispensable un permanente ejercicio de virtudes, particularmente la humildad, la verdad y la caridad; y esto, a su vez, exige un combate a muerte de cada seminarista y presbítero contra la soberbia, la mentira y el egoísmo. Solamente en la medida en que cada miembro de la comunidad se introduzca en este camino de comunión con Dios y desarrollo de virtudes, abierto a la comprensión y al perdón con sus hermanos y consciente de sus propias fragilidades, defectos y limitaciones, entonces todos juntos iremos construyendo esa comunidad de vida y de amor, esa fraternidad y hermandad que tanto quiere Dios para nosotros. Y las dificultades, tensiones y posibles divisiones no terminarán por separarnos, pues sabremos recomenzar mediante el perdón y la reconciliación, conscientes que si bien nunca la lograremos plenamente, siempre podremos acercarnos a su ideal que es la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cfr. san Cipriano, Sobre la Unidad de la Iglesia, n. 6).

FUENTE: DOXA 1 (2017) pp. 17-21.

 

 

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