CRISTO: FUNDAMENTO DE LA VIDA EN COMUNIÓN QUE SE PROYECTA DESDE LA COMUNIDAD DE DISCÍPULOS MISIONEROS.

 

Este año, en el Seminario Intermisional Colombiano “San Luis Beltrán”, nos hemos propuesto como lema de nuestro proyecto formativo  “Seminario, casa y escuela de comunión”. Con ello hemos querido resaltar nuestra conciencia de ser formadores de los futuros agentes de comunión que irán a inyectar vida en las comunidades cristianas. Además, el Seminario Intermisional se percibe como un instrumento de Dios y de la Iglesia, donde aquellos que han sido llamados para ser testigos autorizados de la verdad pueden encontrar una casa y escuela donde se aprende, se vive y se promueve aquella comunión que es fruto del nuevo ser en Cristo recibido en el bautismo. Efectivamente, “la vida en comunión” es exigencia y consecuencia de ser nuevas creaturas renacidas del agua y del Espíritu Santo.

Por el primero de los sacramentos somos insertados en Cristo y por medio de Él entramos en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo. Comunión que más tarde será nutrida con la fe, la vida sacramental y todo lo que implica la vida eclesial. De esta manera, entendemos el bautismo como el fundamento de nuestra comunión con la Santísima Trinidad y con todos los demás bautizados. Pero, ¿qué implicaciones tiene esta comunión en la que fuimos introducidos en la vida de la Trinidad y de la Iglesia? Ante todo que pertenecemos al “Reino de Dios” cuya ley es el amor. Por tanto, todos estamos llamados a cultivar relaciones desde el amor, en el amor, para el amor. Vivir para amar, vivir amando es el signo claro y nítido de una verdadera “vida en comunión”. 

Por otra parte, siendo Jesús el germen del “Reino de Dios”, por ende, de la humanidad nueva llamada a vivir en el amor. Es a Él a quien debemos recurrir todos para descubrir, aprender y recibir la gracia necesaria para hacer realidad la “vida en comunión”. Partiendo de esto, podríamos preguntarnos como comunidad formativa ¿qué elementos son los que se deben ir descubriendo y asimilando en el camino al sacerdocio, si se quiere ser un agente de comunión, según el querer de Dios y de la Iglesia? Nos aventuramos, entonces, a señalar algunos.

Un primer elemento, el más esencial para empezar una verdadera “vida en comunión” debe ser la adhesión a Jesús como Mesías, como Hijo de Dios(Mt 16,16). Es decir, asumir a Jesús como aquel que el Padre ha enviado para ser el guía de nuestras vidas, el dulce compañero de camino que nos irá revelando los secretos del Reino y en quien podremos ir descubriendo la forma como debemos relacionarnos de manera auténtica con Dios y con los hermanos (cf. Mt 22, 34-10). Es aceptar la llamada de Jesús para estar con Él (cf. Mc 3,14), convirtiéndonos en sus discípulos y aprender a imitarle (cf. Mt 11,29). Así, entendemos que la “vida en comunión” implica la adhesión a Cristo traducida en seguimiento.

Un segundo elemento, y que va en consonancia con el primero, sería convertirse en verdaderos amigos de Jesús. Esto implica conocer, amar y realizar lo que Jesús quiere: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,14-15). Entrar por la senda de una obediencia que no pesa,  que no abruma, que no cansa, porque obedecemos a aquel que es la Verdad en persona (cf. Jn 14,16) y que siempre nos conduce hacia el bien y hacia la vida.

Como tercer elemento que hace posible esta “vida de comunión” tenemos la apertura a la acción del Espíritu Santo. Para ello, debemos convencernos de que Él es el supremo Don dejado por Jesús a la comunidad de discípulos, pues es el Espíritu quien hace posible que la Iglesia siga experimentando la presencia real  y poderosa del Señor resucitado en los sacramentos, en la palabra, en los ministros, en la asamblea, etc. Conservar y custodiar la presencia del Espíritu en cada uno será el imperativo y la clave fundamental para mantener y acrecentar la unidad. Para ello es indispensable el propósito firme y permanente de conservarnos en la gracia (cf. Ef 4,22-32), de vivir según el hombre nuevo  (cf. Col 3,9-10). Es el Espíritu quien crea la igualdad (cf. Ef 3,11) y une a todos en el único propósito de comunicar vida a todos los hombres.

El cuarto elemento para que se de esta “vida en comunión”, y condición indispensable para que sea auténtica, es la opción por la pobreza. Jesús en el sermón de la montaña propone la Carta Magna del Reino que vino a instaurar (cf. Mt 5,1-12), el camino de las bienaventuranzas. Precisamente, la primera exigencia de éste camino es “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3). La comunidad de Jesús es una comunidad de pobres. Él es el modelo de esta pobreza, la cual se ve delineada en dos trazos particulares. El primero es su desprendimiento de las cosas (cf. Mat 8,20). El segundo trazo, y el más diciente, es el desprendimiento de lo más grande que posee como hombre, su voluntad. La comunión de los discípulos de Cristo se debe ver reflejada entonces: en la pobreza asumida como desprendimiento de los bienes materiales, que lleve al compartir generoso, a la confianza en la providencia amorosa del Padre que siempre provee de lo necesario, y en la búsqueda continua de su voluntad para llevarla a cabo tanto individual como comunitariamente.

Un último elemento que podríamos señalar, sin agotar desde luego el tema, y que distingue “la vida en comunión” de los discípulos de cualquier otra clase de comunión entre personas, es que todos los convocados por Jesús están llamados a ser continuadores de su tarea, de su misión. Esto quiere decir que los seguidores de Jesús están unidos por un mismo objetivo, implicados en una misma misión: continuar la obra de extensión del Reino de Dios, siendo testigos del Evangelio hasta los confines de la tierra (cf. Mt 28,19-20). Jesús en una de sus parábolas se identifica como el sembrador (cf. 13, 3b-9)). Él vino a sembrar la palabra y el amor de Dios en los corazones, por tanto, todo aquel que se hace discípulo suyo está llamado a ser sembrador). 

A la luz de estos elementos, y muchos otros, en el seminario se va gestando aquella familia que realiza la unidad deseada por Cristo, donde cada candidato al ministerio sacerdotal va comprendiendo y asumiendo gradualmente la adhesión a Cristo, la obediencia al Padre y la docilidad al Espíritu Santo, capacitándose así para ser en medio del mundo fermento de aquella “unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien nos encaminamos” (LG 3).

 

 

 

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