Sin comunión no hay misión.

 

El Seminario Intermisional Colombiano San Luis Beltrán tiene como tema del proyecto formativo de este año el siguiente lema: Seminario, casa y escuela de comunión (cf. NMI,43). Además su carisma fundacional es la misión. Por eso es patrocinado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, por medio de la Pontificia Obra de San Pedro Apóstol, POSPA, que es una de las cuatro Obras Misionales Pontificias encargada de fomentar la formación de los futuros pastores de los territorios y situaciones misioneras de la Iglesia en el mundo. Esta Congregación ha apoyado tanto la creación como el avance, año por año, de esta magna obra eclesial.

 

Siguiendo el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, que fue el primer rector del primer seminario que formó a los primeros Sacerdotes, es decir a los Apóstoles, es indispensable un clima de fraternidad cristiana que, a medida que va creciendo, se convierte en una fraternidad apostólica, en una comunión misionera. Esa fue la pedagogía del Divino Redentor. Por lo tanto, la continua construcción de la comunión es necesaria para la adecuada formación hacia el presbiterado que tiene el encargo de promover la gran fraternidad de todos los hombres en Cristo.

 

San Juan Pablo II ofrece un párrafo muy iluminador y concreto sobre la necesaria tarea de formar hombres de comunión: 

 

“De particular importancia es la capacidad de relacionarse con los demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido llamado a ser responsable de una comunidad y “hombre de comunión”. Esto exige que el sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar. La humanidad de hoy es sensible cada vez más al valor de la comunión: éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una de las vías más eficaces del mensaje evangélico” (Pastores Dabo Vobis43).

 

El Papa Francisco insiste mucho en ser pastores en permanente “salida misionera”. Además, todo cristiano ha de vivir sólo para la gloria de Dios. “La gloria de Dios es el hombre viviente” (San Ireneo de Lyon. Adversus Haereses). El hombre viviente es aquel que tiene la vida de Cristo, que está vivificado por el Espíritu Santo. De este modo el ser humano realiza su vocación última y definitiva: la comunión con Dios en Cristo. Y ése es el cometido de la evangelización al cual la Iglesia se dedica por completo, pues, “evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Pablo VI. Evangelii Nutiandi14). 

 

La comunión es como la moneda del Amor, que tiene dos caras: La comunión con Dios y la comunión con los demás. Es la misma vida de Cristo en el creyente, pues, tanto la comunión con Dios Padre como la comunión con los demás hermanos, se dan en Cristo por acción del Espíritu Santo.

 

En definitiva, se trata de tomar todos los días el remedio de la caridad que siempre exige buscar y hacer el bien a los demás. Este remedio sana el cáncer del egoísmo, con el cual todas las personas nacen. “Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal51,7). El hombre nace egoísta y aprende a amar. Todo ser humano, mientras peregrina en el mundo, siempre experimenta la fuerte tendencia a desobedecer a Dios y seguir sus impulsos egoístas. De allí que siempre necesite de conversión permanente hasta la muerte. La conversión consiste, siguiendo al Papa Francisco, en “salir de sí mismo” hacia Dios, y en Él, ir a los demás. Esto es la misión, darse desde Cristo y dar a Cristo a los demás, ya que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (Evangelii Gaudium272).

 

El Seminario tiene que ser una familia espiritual más fuerte que los vínculos de la carne y de la sangre, en donde todos van aprendiendo a crecer en la fe y en la caridad. Esto vale también para el apostolado que busca formar Iglesia, crear pequeñas comunidades cristianas. “Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística. ¡No nos dejemos robar la comunidad!” (EG, n. 92).

 

Para que el Seminario sea una “casa y escuela de comunión” (Novo Milenio Ineunte43), se requiere una búsqueda sincera y constante de la santidad, tanto a nivel personal como comunitaria. La santidad es vivir como Cristo, tener la vida de Cristo, amar como Cristo, ser un manantial del auténtico Amor, es decir, una vida entregada a Dios y a los demás. La formación inicial (vida del Seminario) y la formación permanente (vida presbiteral) han de ser una continua configuración con Jesucristo, Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia (cf. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 6-12-2016, n. 35).

 

El peligro de los seminaristas y de los presbíteros es habituarse a estructuras, reuniones, cursos y diversas actividades, pero privadas del espíritu evangélico, que en definitiva se traduce en mundanidad espiritual, es decir, en “buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG, 93). Eso es muy lamentable y es un gran triunfo del Maligno que muchas veces es difícil de desenmascarar, ya que “por estar relacionado con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la Iglesia, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral” (EG, 93).

 

Es muy fácil ceder a la fuerte tendencia de lo más cómodo, de no tener que depender de nadie, de ser “independiente”, de no tener que dar cuenta a nadie ni pedir ayuda o consejo a nadie, de regirse por el propio parecer, de no obedecer, de huir del sacrificio y de la responsabilidad, de hábilmente escabullirse del compromiso y de la vida comunitaria, de buscar con ansiedad una vida privada y caprichosa, de cuidar una “imagen” de “buen seminarista” o “buen sacerdote”. Por lo tanto, el seminarista y el sacerdote, si no vigilan y oran, son conducidos por su egoísmo y no por el Amor. Es más, se llega a creer que se sigue a Cristo, pero en verdad se siguen los propios caprichos y, por lo tanto, se está lejos del Señor.

 

La vida comunitaria, vivida con espíritu cristiano, es el ambiente más propicio para la formación sacerdotal y para la fecundidad apostólica. Y esto, no sólo en el Seminario, sino en toda la vida presbiteral y en todo cristiano, pues somos Iglesia, es decir, la familia de los hijos de Dios. El método divino de salvación está radicalmente unido a la vivencia del amor a Dios y del amor fraterno; nadie se salva solo, aunque tenga que vivir a veces solo. Tiene que vivir para el Señor y para sus hermanos.

 

Algunas actitudes anticomunitarias que se dan son las siguientes:

 

-      La arrogancia.

-      Faltar a los actos comunitarios.

-      Huir de los compromisos comunitarios.

-      Estar de mal modo en los actos comunitarios: deporte, comidas, Liturgia, reuniones, etc.

-      Aversión al trabajo en equipo.

-      No pedir permiso ni avisar a los superiores cuando lo requiere el reglamento o ellos lo piden.

-      No tener asidua y buena confesión, ni honesta y frecuente dirección espiritual.

-      Siempre defenderse de los demás y de lo que le digan.

-      Criticar a los demás y no ver ni enmendar sus propias faltas.

-      Ser impuntual e irresponsable.

-      Echarle la culpa a los demás.

-      Ser desobediente.

-      No tener sentido de Iglesia.

-      No tener devoción a María Santísima.

 

Si no se forma para la vida comunitaria no se consiguen misioneros, pues, sin comunión no hay misión.

 

 

 

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