Consistencias o inconsistencias de los llamados al sacerdocio ministerial.

Los jóvenes que ingresan al seminario provienen, generalmente, de regiones pobres con problemas de conflicto armado y en situación de desplazamiento, familias desintegradas,  escasas posibilidades laborales, procesos académicos deficientes, convicciones cristianas y religiosas superficiales, opciones personales de vida sin definir, inmadurez afectiva, problemas de autoestimas, y otros condicionamientos derivados de la influencia deuna emergente mentalidad caracterizada por el consumismo, el relativismo moral, visiones equivocadas de la sexualidad, precariedad de las opciones y por una sistemática tergiversación de los valores, sobre todo, por parte de los Medios de Comunicación Social(Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA. Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio, n5).

 

Sin emabargo, la particularidad de la sociedad, no es un obstáculo para que el Señor siga llamando obreros a su mies. El Señor llama con heridas, con problemas, con mil situaciones duras. Pero el llamado pone al joven en un camino de conversión, de sanación, de liberación. Dios no llama al bueno, sin más. Llama al que quiere. Son los jóvenes de esta generación los que llaman a la puerta del Seminario (Cf. BENEDICTO XVI. Discurso de la visita ad limina a los obispos del Oeste de Brasilel 6 de de septiembre de 2009). Esas experiencias duras, una vez superadas, pueden servir para llevar el evangelio de salvación a otros jóvenes desde la experiencia (Cf. Mazariegos, Emilio 2007.Naín, el camino de la vocación hoy, p. 15).

 

Según los evangelios, Jesús comenzó su ministerio público reuniendo en torno a sí un grupo de discípulos, para que le acompañaran y le ayudaran en la tarea de anunciar y hacer presente el reinado de Dios. Él mismo fue quien tomó la iniciativa invitando a aquellos que quiso. A los miembros de este grupo les exigió una ruptura total con su anterior forma de vida y una ética radical de renuncia. La finalidad de la llamada era que estuvieran con él y se prepararan para asumir una misión idéntica a la suya, a saber, anunciar el reinado de Dios, expulsar demonios y curar enfermos. Los evangelios coinciden en estos datos básicos, pero difieren a la hora de narrar las circunstancias y la forma en que aconteció dicha llamada: 

 

“Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro;  a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno;  a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó”  (Mc 3, 13 – 19).

 

El llamamiento Divino no cae en un terreno neutro, sino que encuentra en la personalidad del hombre dos realidades antropológicas que forman parte de la naturaleza humana. Luigi María Rulla S.J (1922-2002), médico cirujano, psiquiatra, filósofo, teólogo y escritor italiano, precisó que  la primera realidad indica, que existe en el hombre la posibilidad de autotrascenderse teocéntricamente, de andar más allá de sí mismo en forma sistemática, yendo hacia Dios; y la segunda, que  la habilidad de la persona humana para responder a la invitación divina debe, sin embargo, ser considerada intrínsecamente limitada, resultando en una libertad imperfecta para responder (Cf. Antropología de la Vocación Cristiana. Bases Interdisiciplionares I, 11). 

 

En efecto, de estas dos realidades emerjen dos estructuras  en la personalidad del sujeto, en su Yo (Self): el yo actual y el yo ideal. La consideración de estas estructuras centrales del vocacionado es crucial para muchos temas morales, como la opción fundamental, el concepto de la responsabilidad, de la libertad, o también para otros temas más específicos como la moral sexual o  los complejos de culpa, etc.  

 

El yo actual revela lo que la persona es realmente, lo sepa o no, con sus necesidades y con su manera habitual de actuar; el yo ideal, lo que la persona desea ser o llegar a ser: el mundo de las aspiraciones, deseos, proyectos y, a veces, de los sueños y de los ilusiones.

 

La formación de estas dos estructuras, que pueden contraponerse entre sí, constituye la dialéctica de base presente en la persona. Esta dialéctica forma tres posibilidades de responder, según el tipo de valores hacia los cuales se impulse el yo ideal y Rulla, las denominó dimensiones e indicó que actúan a la vez dentro de la misma persona (Cf. Antropología…161), revelando la madurez o inmadurez del sujeto.

 

La primera dimensión, orientada hacia los valores autotrascendentes teocéntricos, manifiesta la dialéctica entre el yo ideal y el yo actualconsciente y revela hasta dónde llega la oposición o la aceptación consciente del joven a los valores religiosos y morales. Esta es la dimensión de las consistencias, así llamadas porque el yo actual, tanto en su parte consciente como en su parte inconsciente, están básicamente de acuerdo, es decir, es consistente, con el yo ideal, con su vocación sacerdotal.

 

La segunda dimensión se orienta hacia los valores autotrascendentes teocéntricos y naturales combinados y muestra la posible prevalencia del inconsciente sobre el consciente en la búsqueda de los valores. Revela hasta dónde la motivación inconsciente condiciona la libertad del joven para tender hacia la autotrascendencia. Esta dimensión expresa por tanto la interacción de las consistencias centrales inconscientes con las conscientes de la primera dimensión. Las inconsistencias proceden del desacuerdo entre la parte inconsciente del yo actual y el yo ideal, que al mismo tiempo está en armonía con el yo actual consciente. Se habla de consistencia o inconsistencia centralsólo cuando el acuerdo o desacuerdo entre el yo actual y el yo ideal es importante para la motivación del individuo.

  

La tercerea dimensión muestra finalmente la dialéctica del yo actual y del yo ideal en relación a los valores naturales.Rulla, encontró que "la tercera dimensión es la que caracteriza la normalidad o la patología y se desarrolla prevalentemente por la fuerza motivante de los valores naturales" (Antropología… 168).

 

Construir la identidad en términos de estructuras significa disminuir progresivamente la separación entre el yo ideal y el yo actual, o en términos de contenidos, actuar, de modo que los valores, se transformen cada vez más en actitudes sostenidas también por necesidades correspondientes.

 

 

 

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